enero 14, 2026
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Tulum, QR.-En Tulum el sol brilla, el mar enamora y los taxis… hacen sangrar la cartera. La impunidad volvió a pasearse sin cinturón de seguridad por el municipio, esta vez a bordo de unidades del sindicato Tiburones del Caribe, cuyos conductores continúan perfeccionando el arte de cobrar tarifas dignas de un vuelo internacional por trayectos que apenas ameritan una caminata larga.

Durante festivales de alto perfil como Zamná, Day Zero, Tehmplo y otros eventos “de clase mundial”, algunos taxistas decidieron que cuatro kilómetros bien podían valer hasta 3,500 pesos. Total, el turista viene relajado, feliz y confiado… hasta que llega el cobro. Un visitante incluso tuvo la cortesía de documentar la experiencia en video, material que ya circula por redes sociales y plataformas internacionales, ayudando a que Tulum exporte algo más que playas: malas experiencias virales.

Así, el destino que se vende como paraíso espiritual y ecológico empieza a ser descrito en foros y reseñas como un lugar donde el abuso es parte del paquete turístico. No es que falten hoteles de lujo o restaurantes de autor; lo que sobra es el descaro.

El daño no se queda en el taxi. Restauranteros, hoteleros, guías, artesanos y pequeños empresarios pagan los platos rotos de una reputación que no construyeron, pero que sí están viendo derrumbarse. Porque cuando el turista escribe “Tulum es hermoso, pero los taxis arruinan todo”, la reseña no distingue culpables.

No sorprende que muchos ya definan 2025 como un año oscuro para el destino. Entre la inflación emocional del visitante y el transporte público concesionado convertido en ruleta rusa, el mensaje internacional es claro: ven, disfruta… y reza para no necesitar un taxi.

Las denuncias se acumulan en TripAdvisor, Google Reviews, Reddit, TikTok, Instagram y cualquier rincón digital donde un viajero tenga señal. El relato es el mismo, solo cambia el monto del asalto disfrazado de tarifa.

Mientras tanto, las autoridades presumen en ferias internacionales como FITUR, campañas millonarias de promoción y discursos sobre turismo sostenible. Todo muy bonito, hasta que un taxi cobra lo mismo que un fin de semana en otro país.

Y del Instituto de Movilidad de Quintana Roo (Inmoveqroo), nada. Silencio absoluto. No hay inspectores, no hay tarifarios visibles, no hay sanciones ejemplares. La percepción ciudadana es simple y contundente: alguien ya cobró… y no fue el turista.

La población observa cómo su esfuerzo diario por mantener vivo el destino es saboteado por un grupo que decidió convertir al turismo en su caja chica personal. No se trata de generalizar, claro está, pero cuando no hay control, el abuso deja de ser excepción y se convierte en sistema.

Porque en Tulum, hoy por hoy, no hay campaña que resista un fraude viral.

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