Por Redacción / Quintana Roo Ahora
La Iglesia también sabe de silencios largos y de campanas que suenan distinto. Tras el fallecimiento del obispo Pedro Pablo Elizondo Cárdenas, la Diócesis de Cancún-Chetumal quedó en sede vacante, una de esas pausas solemnes en las que la fe se sostiene más en la comunidad que en los cargos. En ese contexto, el Vaticano nombró al arzobispo de Yucatán, monseñor Gustavo Rodríguez Vega, como Administrador Apostólico de esta diócesis, una figura que no llega a ocupar un trono, sino a cuidar la casa mientras se prepara el relevo.
El nombramiento fue confirmado de manera oficial por la Nunciatura Apostólica en México y por la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), subrayando el carácter pastoral y transitorio de la encomienda. No se trata solo de un ajuste administrativo: es, sobre todo, un gesto de continuidad espiritual en una región donde la Iglesia camina al ritmo de comunidades diversas, migrantes, trabajadores del turismo y familias que han hecho del Caribe mexicano su hogar.
Monseñor Rodríguez Vega asumirá de manera temporal el gobierno pastoral de la diócesis con la tarea de mantener en orden la vida administrativa y, sobre todo, de acompañar a los fieles en este periodo de transición. Su gestión se extenderá hasta la ordenación episcopal de Salvador González Morales, prevista para el próximo 27 de febrero, fecha que ya se mira en el calendario como un nuevo comienzo.
Así, entre la memoria agradecida por quien se ha ido y la esperanza puesta en quien está por llegar, la diócesis sigue su camino. Porque incluso en los intermedios, cuando parece que todo está en pausa, la vida —y la fe— nunca se detienen.

