marzo 3, 2026
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Redacción / Lápiz Prestado / Quintana Roo Ahora

Cancún presume cifras récord de turismo, nuevas inversiones millonarias y hoteles que prometen experiencias exclusivas frente al mar. Las campañas hablan de crecimiento, desarrollo y prosperidad. Pero hay una realidad que no aparece en los folletos: la de los trabajadores que llegan buscando una oportunidad y terminan desapareciendo sin dejar rastro.

Moisés, de 30 años, y su sobrino Cristóbal, de 21, no vinieron a este destino turístico a vacacionar. Llegaron a trabajar como miles de obreros que levantan los hoteles que sostienen la economía del Caribe mexicano. El 14 de septiembre de 2022, ambos desaparecieron dentro de la construcción del hotel Eden Rock hoy hotel AVA.

Dentro de la obra.

Ese dato debería bastar para encender todas las alarmas. Pero no ocurrió.

Quince días después desaparecieron otros dos jóvenes trabajadores en el mismo lugar. Cuatro obreros ausentes en menos de un mes y, aun así, la construcción continuó. El concreto siguió subiendo, las fechas de entrega avanzaron y el proyecto terminó inaugurándose como uno de los complejos más exclusivos de Cancún.

El negocio no podía detenerse.

Y ahí comienza la tristeza.

Porque mientras el hotel abría sus puertas, una madre comenzaba un camino que ninguna familia debería recorrer: buscar entre expedientes, fiscalías, terrenos baldíos y promesas incumplidas. Mireya, madre de Cristóbal y hermana de Moisés, no exige privilegios ni discursos. Solo quiere saber qué pasó con los suyos.

Durante la investigación apareció algo que debería haber cambiado todo: fotografías de ambos trabajadores golpeados dentro del teléfono de un detenido. Imágenes que confirman que algo ocurrió. Que no se fueron por voluntad propia.

Y aun así, el sospechoso fue liberado por falta de pruebas.

Entonces llega el enojo.

Porque en este país parece más difícil comprobar un crimen que desaparecer a una persona. Porque los procesos se vuelven eternos cuando las víctimas son obreros anónimos. Porque cuando quienes desaparecen no tienen poder ni apellido influyente, el tiempo juega siempre en su contra.

Una de las líneas de investigación señala que dentro de la construcción operaba un punto de venta de drogas vinculado al crimen organizado y que algunos trabajadores habrían sido presionados para participar o pagar cuotas. Negarse, según esa hipótesis, pudo haber tenido consecuencias fatales.

Si esto ocurrió dentro de una obra millonaria, la pregunta es inevitable:

¿Nadie vio nada?

El hotel se deslindó.
Las autoridades permitieron que la obra continuara.
Las madres buscadoras enfrentan restricciones para ingresar al lugar donde desaparecieron sus hijos.

Y Cancún siguió funcionando.

Porque el turismo no puede detenerse. Porque la imagen del destino vale más que el ruido de las preguntas incómodas. Porque aceptar lo ocurrido implicaría reconocer que el paraíso también tiene zonas de silencio.

Hoy, Moisés y Cristóbal siguen desaparecidos. Sus familias continúan buscando mientras pasan los años y se acumulan más casos similares en todo el país.

Lo verdaderamente doloroso no es solo la desaparición.

Es la normalización.

Que un hotel pueda operar sin que sepamos qué pasó con quienes lo construyeron. Que la ciudad aprenda a convivir con la ausencia. Que el lujo se levante mientras las familias siguen pegando fichas de búsqueda en postes y semáforos.

Cancún brilla cada noche para el mundo.

Pero hay madres que siguen esperando que alguien, al fin, apague el silencio y diga la verdad.