mayo 29, 2026
LOCALIZADO SIN VIDA (16)

Redacción / Quintana Roo Ahora

Hay frases que terminan sobreviviendo a quienes las pronunciaron. Una de ellas es aquella célebre expresión de la senadora Mayuli Martínez: “Apesta a mierda”. Y si uno observa con detenimiento lo que ocurre hoy en Cozumel, habría que reconocer que la frase vuelve a cobrar vigencia, aunque ahora el olor no proviene precisamente de la política, sino de una mezcla peligrosa de intereses económicos, opacidad institucional y deterioro ambiental.

Porque mientras la sociedad civil celebraba la cancelación definitiva del llamado Cuarto Muelle como una victoria histórica para los arrecifes de la isla, resulta que las plataformas, las perforaciones y la maquinaria siguen apareciendo donde se supone que ya no debía haber actividad relacionada con ese proyecto.

Curiosa forma de entender una cancelación.

La Semarnat archivó el expediente. Los ciudadanos festejaron. Los ambientalistas respiraron tranquilos. Pero alguien aparentemente olvidó avisarle a las máquinas.

Y es ahí donde comienzan las preguntas incómodas.

Si el proyecto fue cancelado, ¿qué hacen las perforadoras trabajando frente a la costa? ¿Quién autorizó los estudios en el lecho marino? ¿Bajo qué permisos se realizan las maniobras denunciadas por buzos y organizaciones ambientalistas? ¿Quién supervisa las operaciones?

Hasta ahora, las respuestas brillan por su ausencia.

Lo único visible son los arrecifes recibiendo una nueva dosis de estrés mientras las autoridades observan el espectáculo con una serenidad que ya raya en la contemplación zen.

Cozumel no enfrenta solamente una discusión sobre infraestructura portuaria. Lo que está en juego es la supervivencia de uno de los ecosistemas más importantes del Caribe mexicano y pieza fundamental del Sistema Arrecifal Mesoamericano.

Pero pareciera que algunos siguen convencidos de que los corales son una especie de obstáculo decorativo que estorba el paso de los negocios.

Y eso que la isla ya cuenta con tres terminales de cruceros.

Y eso que los propios habitantes aseguran que existe capacidad disponible.

Y eso que los estudios ambientales reconocen afectaciones a flora, fauna y ecosistemas costeros.

Y eso que durante años miles de ciudadanos se movilizaron para evitar precisamente este escenario.

Sin embargo, la maquinaria sigue ahí.

Porque en Quintana Roo existe una extraña tradición: los proyectos nunca terminan de morir. Los archivan, los suspenden, los cancelan, los revocan… y después aparecen por la puerta trasera con otro nombre, otro permiso o alguna conveniente interpretación administrativa.

Mientras tanto, el arrecife paga la factura.

Los megacruceros continúan llegando como auténticas ciudades flotantes. Miles de turistas desembarcan diariamente. El negocio crece. Las utilidades aumentan. Los discursos sobre sustentabilidad se multiplican. Y debajo del agua los corales luchan por sobrevivir entre sedimentos, contaminación, ruido submarino y cambios constantes en su entorno.

Lo más irónico es que quienes defendieron el Cuarto Muelle siempre argumentaron que el progreso era inevitable.

Pero hay una diferencia enorme entre desarrollo y depredación.

El problema no son los cruceros.

El problema es cuando el límite ambiental deja de importar.

El problema es cuando la transparencia desaparece.

El problema es cuando nadie sabe quién autorizó qué.

Y el problema es cuando los arrecifes terminan valiendo menos que una proyección financiera.

Por eso quizás la frase de Mayuli vuelve a tener sentido.

Porque cuando los permisos no aparecen, las explicaciones no llegan, las máquinas siguen trabajando y los corales siguen perdiendo terreno, el asunto deja de oler a turismo.

Y comienza a oler a algo mucho peor.